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26 de marzo de 2016

El profesional de referencia desde la Atención Centrada en la Persona. Por Teresa Martínez







   La figura del profesional de referencia es una metodología de trabajo que se viene aplicando en los servicios gerontológicos, sobre todo en los centros donde participan en el cuidado diversos  profesionales, con el propósito de personalizar la atención y lograr una mejor coordinación entre éstos. Es una figura que aunque ya se exige en nuestro país en distintas normativas autonómicas, su conceptualización todavía es escasa y su aplicación bastante diversa.


   Desde la ACP el profesional de referencia en un centro es quien vela por hacer efectivo un apoyo personalizado  desde un acompañamiento continuado en el día a día. Para ello, ciertos cometidos cobran una especial relevancia, como el buen conocimiento de la persona y  su puesta en valor (reconocimiento), la generación de un vínculo de confianza, el acompañamiento en el plan de atención (proveyendo de los apoyos necesarios y velando por su adecuado desarrollo) y la coordinación con el resto de profesionales. 





Ejemplo tomado de: Cuadernos prácticos ACP nº 5, El profesional de referencia en centros (Martínez et al., 2014)

  
    Sin embargo, los cometidos que vienen desarrollando los y las profesionales de referencia no siempre  responden a los que desde la ACP se proponen para esta figura. Así lo pone de relieve el estudio de la Universidad de Oviedo sobre la ACP en residencias y centros de día españoles  (Martínez, 2016). Los datos referidos a residencias indican que a pesar del habitual uso de esta metodología (el 71% de las residencias encuestadas afirman utilizarla), sus cometidos más frecuentes tienen que ver con tareas asistenciales concretas (por ejemplo, cortar las uñas, limpieza de sillas de ruedas, etc.), mientras que otros como la comunicación con familias, la generación de un vínculo de confianza con la persona usuaria o la participación en reuniones del plan personalizado de atención tienen un menor desarrollo sin poder considerarse consolidados. 

     Una pregunta que con frecuencia surge en el ámbito aplicado es qué categoría profesional es la más adecuada. Dado que la figura del profesional de referencia se basa en una relación de confianza, la afinidad y empatía entre personas parecen ser, a priori, más importantes que el tipo de categoría laboral.

     En los centros residenciales, lugares donde se vive y se reciben cuidados a lo largo de todo el día, es lógico pensar que estos cometidos pueden desarrollarlos mejor los profesionales que pasan más tiempo al cuidado de las personas. De hecho, el estudio referido anteriormente destaca que en el 82% de las residencias que utilizan la metodología del profesional de referencia son las/os auxiliares de enfermería o gerocultores/as quienes asumen estos cometidos. Esta opción presenta ciertas ventajas además de la de la cercanía, como lograr una mayor implicación de estos profesionales en la búsqueda de una atención personalizada, posibilitar más autonomía y responsabilidad en el trabajo cotidiano o favorecer el vínculo afectivo con las personas. Los gerocultores/as en la ACP son una pieza clave y esta metodología facilita el necesario cambio de rol y de posición de este grupo profesional en el equipo y en la organización. Todo ello debe ir acompañado de formación, motivación, tiempo/ratios suficientes y sistemas de trabajo/comunicación/apoyo con el resto de profesionales.



       La reflexión procedente de los profesionales de centros de día apunta a que la asunción de estos cometidos entre los diferentes componentes de los equipos es también una opción válida, debido a su similar implicación en la atención y terapias. En el contexto de cuidados de ayuda en el domicilio donde la coordinación de servicios (sociales, salud, etc.) cobra un especial peso en la atención, profesionales gestores de casos procedentes de servicios sociales de base o de los niveles de  atención primaria de salud pueden ser las alternativas más indicadas. En este sentido, cabría subrayar que la misión del servicio es un elemento que se torna sustancial en la aplicación de componentes, intervenciones y elementos metodológicos  de los modelos afines a la ACP.

En otros países que vienen liderando cambios en los servicios para personas en situación de dependencia, avanzando hacia la ACP, se insiste en la importancia de contar con profesionales vinculados a la atención continuada que conozcan bien a las personas, que puedan y sepan relacionarse desde la cercanía estableciendo relaciones de confianza y vínculos afectivos. En el ámbito residencial de personas mayores, se apuesta por un mayor protagonisimo y un nuevo rol de los gerocultores/as, quienes  cuidan desde sistemas de asignación estable (sin rotaciones) a las mismas personas y desarrollan actividades diversas de apoyo en  la vida cotidiana. Características de esta figura profesional como una mayor autonomía en la atención del día a día, la polivalencia, la flexibilidad y la proactividad cobran una especial relevancia. 

 
Desde el modelo residencial norteamericano Green House (afín a la ACP y alternativo al modelo residencial tradicional e institucional) se optó por la creación de una nueva figura del cuidador profesional, que denominaron Shahbaz (palabra persa que significa halcón del rey). Los shahbazim (en plural) proporcionan una atención integral desde la polivalencia y la flexibilidad (realizan cuidados personales pero también otras actividades relacionadas con la preparación de comidas, lavandería, etc.) y cuentan con una esmerada formación en los principios del modelo. Se buscó este nuevo nombre precisamente para romper con los roles rígidos de la atención tradicional residencial donde los gerocultores/as desempeñan funciones muy limitadas a tareas asistenciales/sanitarias, habitualmente pautadas jerárquicamente. Esta denominación quiere, además, subrayar la actitud de estos profesionales como acompañantes atentos, cercanos y al servicio de las personas a quienes apoyan. En otros países se aplican sistemas como el de coordinador de casos o el del ángel de la guarda (Guardian Angel cuyo su sentido y cometidos son equivalentes al gerocultor/a de referencia en centros residenciales vinculados a los profesionales de atención directa continuada.


   Todavía hay muchas cuestiones pendientes a las que hemos de dar respuesta desde nuestra realidad cultural y en nuestros servicios. La figura del profesional de referencia en centros es una metodología que no ha sido aún suficientemente evaluada, siendo imprescindible llevar a cabo estudios que analicen las condiciones que explican y favorecen su aplicación en los distintos contextos de atención. Un asunto que cobra una especial relevancia es la necesaria formación de los gerocultores/as para asumir adecuadamente este nuevo rol de apoyo a las personas, de modo que los cometidos se ejerzan desde una mayor autonomía profesional pero sin perder de vista el objetivo de la permanente búsqueda del empoderamiento y el bienestar de las personas mayores, en coordinación y con el apoyo del resto de profesionales.


16 de febrero de 2016

El plan de atención y vida. Por Teresa Martínez






   El plan individualizado de atención (plan personalizado o de cuidados) es una metodología ampliamente utilizada en los servicios de cuidados de larga duración a personas mayores. Su principal propósito, como su propio nombre indica, es planificar una atención individualizada para las personas usuarias coordinando las actuaciones/intervenciones técnicas.

     Cabe destacar que esta metodología se ha convertido en uno de los requisitos de índole organizativo- funcional  habitualmente exigidos por las diferentes normativas españolas que regulan la  autorización y acreditación de residencias, centros de día o servicios de ayuda en el domicilio.

   Los planes individualizados de atención, como instrumentos o medios que son, deben ser congruentes con el modelo de atención que desarrolla el centro o servicio y facilitar su aplicación. Un modelo de atención que, a su vez, ha de guiarse desde  valores acordes a una determinada visión de las personas mayores y de la buena praxis profesional.

     Si nuestro objetivo es cuidar desde las propuestas de la atención centrada en la persona, debemos diseñar metodologías y soportes documentales congruentes con este enfoque. Y esto no siempre es así. En ocasiones se siguen utilizando soportes o metodologías que se sitúan en contradicción con el modelo de atención enunciado.

     Los planes de atención "tradicionales", a menudo formulados desde un enfoque biomédico, resultan insuficientes para avanzar en la aplicación efectiva de un cuidado centrado en la persona. En primer lugar porque conducen a una  valoración limitada y parcial de ésta, identificando las enfermedades y limitaciones, pero ignorando sus singularidades,  capacidades, prioridades y deseos, lo que es esencial cuando hablamos de cuidados y de vida cotidiana.  En segundo lugar, porque suelen estar diseñados unidireccionalmente, desde la exclusiva valoración/ prescripción técnica y con una escasa  participación de las personas usuarias (o  de las familias) a lo largo del proceso.

     Desde la Planificación Centrada en la Persona (PCP) se han propuesto distintas metodologías  que pretenden favorecer  la autogestión de la persona con discapacidad en su propia vida y en el proceso de apoyos que se programa para ello. Los planes de vida esencial o los planes de futuro, son ejemplos de estas apuestas, pensadas para idear un futuro más independiente y lograr una vida más normalizada acorde a sus deseos.





     El término plan de atención y vida (Martínez, 2011) ha sido propuesto para procurar integrar dos recorridos complementarios y necesarios en cuanto a sus objetivos: la atención gerontológica orientada a dispensar cuidados a las personas mayores en situación de dependencia y las metodologías propuestas desde la PCP para apoyar  la gestión por parte de la propia persona de una vida significativa.

     El plan de atención y vida hace referencia a un proceso transversal que, a su vez, se  concreta en una metodología que permite consensuar, coordinar y hacer efectiva la atención personalizada.  Se desarrolla a lo largo de distintas fases y tiene como soporte un documento único (aunque no idéntico para todas las personas usuarias ya que los instrumentos de atención personalizada pueden variar) compartido por los profesionales incluidos en el círculo de confidencialidad (los que intervienen en el cuidado/intervención de una manera matenida, no puntual), la persona usuaria y otras personas que se implican en el proceso (familia, amigos). Allí se recogen y ponen en común las valoraciones e informaciones personales, los objetivos releventes una vez consuados, así como los apoyos personalizados  previstos para alcanzar algunas metas. Se desarrolla desde una dinámica de diálogo que incluye y anima en todo el proceso la participación activa de la persona y, en su caso, también de la familia o de otras personas cercanas. 




       Elaborar planes de atención y vida implica aceptar,  partir y hacer efectivas una serie de asunciones que condicionan el  qué y el cómo de un cuidado centrado en la persona. Quiero destacar cuatro cuestiones que tienen gran relevancia en el diseño y desarrollo de  esta metodología.
 
     En primer lugar, cuidar desde la ACP es reconocer  y poner en valor la singularidad de cada persona mayor. Por tanto el plan de atención y vida debe permitir una visión global e individual de ésta, contemplando además de las áreas clínicas habitualmente objeto de valoración gerontológica (salud física, cognición, nivel de funcional, estado de ánimo, relación social, etc.), aspectos y contenidos que permiten acercarse a ella desde su globalidad y desde su singularidad  (su biografía, sus capacidades, su modo de vida, sus expectativas y preferencias en el cuidado, atención y vida cotidiana).

     En segundo lugar, cuidar desde la ACP significa acercarse al proyecto vital de cada persona. De este modo el plan de atención y vida debe reconocer y respetar los objetivos o metas más importantes que la persona en el momento actual se plantea o prioriza. Creo que caeríamos en un error si nuestro objetivo fuera, cuando la persona llega al servicio,  tratar de "elaborar" un proyecto vital para la persona, como si hasta ahora no lo hubiera tenido. Se trata más bien de acercarse y saber escuchar lo que realmente es importante para cada persona, en cada momento y circunstancias de su vida, de orientarla si es preciso, y de ser capaces de consensuar un plan de atención que respetando su trayectoria vital, sus vivencias actuales, sus prioridades, así como sus deseos para un futuro mejor, procure la mayor calidad de vida posible. El objetivo no es otro que cuidar acompañando y apoyando los proyectos de vida de las personas que atendemos. Esto, obviamente, no implica como profesionales renunciar a proponer cambios que puedan aportar mejoras significativas para las personas.

      Además, cuidar desde la ACP nos conduce a mirar hacia las fortalezas y capacidades del otro. Para ello, el plan de atención y vida debe facilitar  herramientas que nos ayuden a reconocerlas, propiciando un espacio relacional donde visibilizar y poner  en valor las capacidades y fortalezas presentes. Del mismo modo, debe permitir la identificacación de  oportunidades y apoyos para que éstas se mantengan o incluso se puedan desarrollar otras nuevas.

     Finalmente, cuidar desde la ACP es creer en la posibilidad y capacidad de autodeterminación de las personas, incluso de aquellas que presentan una gran dependencia. El plan de atención y vida debe animar y apoyar la participación (en reuniones programadas y a lo largo del proceso asistencial) de la persona mayor y, en su caso, de su familia. Debe ofrecer apoyos desde un proceso de empoderamiento, trabajando desde unos objetivos consensuados que orienten la atención para lograr una vida cotidiana grata y significativa, sin perder de vista lo que realmente es importante para la persona. Programando y organizando, de una manera flexible, apoyos personalizados que lo permitan, así como evaluando el cumplimiento de los objetivos y la efectividad de los apoyos propuestos.

     El plan de atención y vida es una propuesta metodológica pensada para ofrecer atención y cuidados personalizados desde la búsqueda de una vida cotidiana elegida, significativa, agradable y deseada. Algo indispensable para poder seguir disfrutando de una vida, que aunque precise de apoyos importantes y mantenidos,  subjetivamente merezca la pena ser vivida.





Para saber más


Martínez, T. (2011). La atención gerontológica centrada en la persona. Vitoria: Departamento de Empleo y Asuntos sociales. Gobierno Vasco.

Martínez, T., Díaz-Veiga, P., Sancho, M., y Rodríguez, P. (2014). El modelo de atención centrada en la persona, cuadernos prácticos nº 7: Conocer a la persona, apoyar su autodeterminación. El plan de atención y vida. Vitoria: Departamento de Empleo y Políticas Sociales. Gobierno Vasco.

Martínez, T., Díaz-Veiga, P., Sancho, M., y Rodríguez, P. (2014). El modelo de atención centrada en la persona, cuadernos prácticos nº 8: Conocer a la persona, apoyar su autodeterminación. El grupo de apoyo y consenso. Vitoria: Departamento de Empleo y Políticas Sociales. Gobierno Vasco.
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8 de enero de 2016

Cuando el Alzheimer avanza...¿dónde queda la persona?. Por Teresa Martínez




     Las personas con una demencia son objeto de un especial interés desde los modelos de Atención Centrada en la Persona (ACP). La aplicación de  estos modelos, donde un componente primordial es la búsqueda del empoderamiento de la persona mayor y del apoyo a la autodeterminación y control de su propia vida, plantea numerosas preguntas, especialmente en el caso de quienes presentan un deterioro cognitivo muy avanzado.  ¿Los postulados de la ACP son válidos y aplicables para las personas con una demencia severa?, un interrogante que a su vez encierra otros muchos relacionadas con la consideración de “persona” de quien padece una enfermedad como el Alzheimer cuando ésta llega a afectar de una forma severa al funcionamiento cognitivo del individuo. 
      Edvardsson, Winblad, & Sandman (2008) en una revisión realizada sobre la ACP aplicada a personas con Enfermedad de Alzheimer de grado severo, ponen de relieve la importancia de que éstas sigan siendo reconocidas desde su cualidad de “personas”  y cómo esta consideración –existente o inexistente- influye en la definición del buen cuidado.
     Estos autores argumentan que las personas con Alzheimer que están en una fase avanzada de la enfermedad, debido a su progresivo e irreversible deterioro cognitivo, tienden a ser percibidas por quienes les cuidan como sujetos carentes de “personalidad”. Desde esta apreciación el buen cuidado se tiende a identificar con la atención exclusiva de las necesidades físicas (alimentación, seguridad, higiene, hidratación, control del dolor, etc.), ignorando las necesidades psicosociales, lo que puede conducir a la “cosificación” y despersonalización de la atención. Si por el contrario, se concibe que las personas con una demencia severa mantienen, en parte, su personalidad, el concepto de buena atención incluye además de la atención a sus necesidades físicas, objetivos como mantener la comunicación y procurar un entorno adecuado que cubra las necesidades psicosociales, y por tanto, proporcionar un cuidado que va más allá de la mera realización de un conjunto de tareas asistenciales. 
     Además, han enumerado los  principales componentes de la ACP en relación a las personas con una enfermedad de Alzheimer de grado severo: a) considerar que la personalidad en las personas con demencia se “oculta” frente a la idea de que se pierde totalmente, b ) conocer la singularidad de la  persona con demencia en los diferentes aspectos del cuidado, c) ofrecer una atención y entornos personalizados, d) posibilitar las  decisiones compartidas, e) interpretar la conducta desde la perspectiva de la persona y  f) dar la misma importancia a los aspectos relacionales que a las tareas asistenciales.

 
 
      Esta mirada hacia las personas con demencia avanzada la defienden enfoques que tienen ya un largo recorrido como el interaccionismo simbólico (Blumer, 1969; Goffman, 1959; Mead, 1934) donde el self se concibe como una construcción social y depende, por tanto, del  contexto social donde la persona convive. 
     Esta visión se ha visto apoyada, igualmente,  por algunos estudios que muestran que personas con demencia severa que son atendidas  en entornos positivos donde se les siguen otorgando la consideración de personas, éstas tienden a mantener comportamientos más competentes e incluso llegan a exhibir momentos de “lucidez” (Norman, Norberg, & Asplund, 2002; Norman, Henriksen, Norberg, & Asplund, 2005; The Swedish Council on Technology Assessment in Health Care, 2006). 
     En línea similar, la terapia de validación propuesta desde hace ya varias décadas por Feil (1993) se basa también en el reconocimiento de las personas con demencia y sus necesidades psicosociales,  proponiendo distintas técnicas de comunicación verbal y no verbal para facilitar el contacto y la comunicación interpersonal con éstas. 

       Hay un asunto de especial relevancia en la aplicación de la ACP a las personas con demencia: cómo entender y aplicar el fomento de la autonomía personal,o lo que es lo mismo, cómo apoyar  que las personas puedan seguir teniendo control sobre su atención y vida. Este es un objetivo básico, nuclear de la ACP, y lo sigue siendo también para quienes tienen una demencia avanzada. No es un objetivo que sólo atañe a las personas mayores que preservan una buena competencia para tomar decisiones y llevarlas adelante. En este sentido, se han señalado dos acepciones de la autodeterminación o autonomía personal: como capacidad y como derecho (López et al., 2004). 
     
     La autonomía como capacidad se refiere al conjunto de habilidades que cada persona tiene para hacer sus propias elecciones, tomar sus decisiones y responsabilizarse de las consecuencias de las mismas. La autonomía se aprende, se adquiere mediante su ejercicio, mediante el aprendizaje que proviene de uno mismo y de la interacción social. Se trata, así pues, de un ejercicio directo de las propias personas y desde su propio control que se aprende. 

     La autonomía como derecho hace referencia a la garantía de que las personas, al margen de sus capacidades, puedan desarrollar un proyecto vital basado en su identidad personal y tener control sobre el mismo. En el caso de personas con una demencia avanzada, el ejercicio del derecho a su autonomía suele ser indirecto, es decir mediado por otros y a través de los apoyos precisos.


 Como comentaba en el post titulado Personas…con Alzheimer, la adecuada atención a las personas con demencia va más allá de la atención médica, de la estimulación cognitiva o del diseño de ambientes seguros. Nos invoca a avanzar en estrategias orientadas desde el buen hacer técnico y ético que permitan reconocer al otro desde su singularidad y sus capacidades, otorgarle valor, apoyar su identidad y su derecho a seguir gestionando su propia vida, aunque la incapacidad llegue a ser  muy importante.  Nos conduce a no olvidar que quienes tienen una demencia avanzada siguen siendo personas y, como tales, ciudadanos y ciudadanas portadores de derechos. Personas dueñas de sus proyectos, siempre singulares, de vida. Proyectos de vida que, ahora, requieren de importantes apoyos de los demás para seguir adelante y poder ser disfrutados desde la dignidad y el bienestar.