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8 de enero de 2016

Cuando el Alzheimer avanza...¿dónde queda la persona?. Por Teresa Martínez




     Las personas con una demencia son objeto de un especial interés desde los modelos de Atención Centrada en la Persona (ACP). La aplicación de  estos modelos, donde un componente primordial es la búsqueda del empoderamiento de la persona mayor y del apoyo a la autodeterminación y control de su propia vida, plantea numerosas preguntas, especialmente en el caso de quienes presentan un deterioro cognitivo muy avanzado.  ¿Los postulados de la ACP son válidos y aplicables para las personas con una demencia severa?, un interrogante que a su vez encierra otros muchos relacionadas con la consideración de “persona” de quien padece una enfermedad como el Alzheimer cuando ésta llega a afectar de una forma severa al funcionamiento cognitivo del individuo. 
      Edvardsson, Winblad, & Sandman (2008) en una revisión realizada sobre la ACP aplicada a personas con Enfermedad de Alzheimer de grado severo, ponen de relieve la importancia de que éstas sigan siendo reconocidas desde su cualidad de “personas”  y cómo esta consideración –existente o inexistente- influye en la definición del buen cuidado.
     Estos autores argumentan que las personas con Alzheimer que están en una fase avanzada de la enfermedad, debido a su progresivo e irreversible deterioro cognitivo, tienden a ser percibidas por quienes les cuidan como sujetos carentes de “personalidad”. Desde esta apreciación el buen cuidado se tiende a identificar con la atención exclusiva de las necesidades físicas (alimentación, seguridad, higiene, hidratación, control del dolor, etc.), ignorando las necesidades psicosociales, lo que puede conducir a la “cosificación” y despersonalización de la atención. Si por el contrario, se concibe que las personas con una demencia severa mantienen, en parte, su personalidad, el concepto de buena atención incluye además de la atención a sus necesidades físicas, objetivos como mantener la comunicación y procurar un entorno adecuado que cubra las necesidades psicosociales, y por tanto, proporcionar un cuidado que va más allá de la mera realización de un conjunto de tareas asistenciales. 
     Además, han enumerado los  principales componentes de la ACP en relación a las personas con una enfermedad de Alzheimer de grado severo: a) considerar que la personalidad en las personas con demencia se “oculta” frente a la idea de que se pierde totalmente, b ) conocer la singularidad de la  persona con demencia en los diferentes aspectos del cuidado, c) ofrecer una atención y entornos personalizados, d) posibilitar las  decisiones compartidas, e) interpretar la conducta desde la perspectiva de la persona y  f) dar la misma importancia a los aspectos relacionales que a las tareas asistenciales.

 
 
      Esta mirada hacia las personas con demencia avanzada la defienden enfoques que tienen ya un largo recorrido como el interaccionismo simbólico (Blumer, 1969; Goffman, 1959; Mead, 1934) donde el self se concibe como una construcción social y depende, por tanto, del  contexto social donde la persona convive. 
     Esta visión se ha visto apoyada, igualmente,  por algunos estudios que muestran que personas con demencia severa que son atendidas  en entornos positivos donde se les siguen otorgando la consideración de personas, éstas tienden a mantener comportamientos más competentes e incluso llegan a exhibir momentos de “lucidez” (Norman, Norberg, & Asplund, 2002; Norman, Henriksen, Norberg, & Asplund, 2005; The Swedish Council on Technology Assessment in Health Care, 2006). 
     En línea similar, la terapia de validación propuesta desde hace ya varias décadas por Feil (1993) se basa también en el reconocimiento de las personas con demencia y sus necesidades psicosociales,  proponiendo distintas técnicas de comunicación verbal y no verbal para facilitar el contacto y la comunicación interpersonal con éstas. 

       Hay un asunto de especial relevancia en la aplicación de la ACP a las personas con demencia: cómo entender y aplicar el fomento de la autonomía personal,o lo que es lo mismo, cómo apoyar  que las personas puedan seguir teniendo control sobre su atención y vida. Este es un objetivo básico, nuclear de la ACP, y lo sigue siendo también para quienes tienen una demencia avanzada. No es un objetivo que sólo atañe a las personas mayores que preservan una buena competencia para tomar decisiones y llevarlas adelante. En este sentido, se han señalado dos acepciones de la autodeterminación o autonomía personal: como capacidad y como derecho (López et al., 2004). 
     
     La autonomía como capacidad se refiere al conjunto de habilidades que cada persona tiene para hacer sus propias elecciones, tomar sus decisiones y responsabilizarse de las consecuencias de las mismas. La autonomía se aprende, se adquiere mediante su ejercicio, mediante el aprendizaje que proviene de uno mismo y de la interacción social. Se trata, así pues, de un ejercicio directo de las propias personas y desde su propio control que se aprende. 

     La autonomía como derecho hace referencia a la garantía de que las personas, al margen de sus capacidades, puedan desarrollar un proyecto vital basado en su identidad personal y tener control sobre el mismo. En el caso de personas con una demencia avanzada, el ejercicio del derecho a su autonomía suele ser indirecto, es decir mediado por otros y a través de los apoyos precisos.


 Como comentaba en el post titulado Personas…con Alzheimer, la adecuada atención a las personas con demencia va más allá de la atención médica, de la estimulación cognitiva o del diseño de ambientes seguros. Nos invoca a avanzar en estrategias orientadas desde el buen hacer técnico y ético que permitan reconocer al otro desde su singularidad y sus capacidades, otorgarle valor, apoyar su identidad y su derecho a seguir gestionando su propia vida, aunque la incapacidad llegue a ser  muy importante.  Nos conduce a no olvidar que quienes tienen una demencia avanzada siguen siendo personas y, como tales, ciudadanos y ciudadanas portadores de derechos. Personas dueñas de sus proyectos, siempre singulares, de vida. Proyectos de vida que, ahora, requieren de importantes apoyos de los demás para seguir adelante y poder ser disfrutados desde la dignidad y el bienestar.

1 de diciembre de 2015

¿Dónde están los mayores LGTB? Por Jesús Generelo







Presentación

  
   La diversidad sexual y de género es todavía hoy en nuestro país una importante fuente de discriminación social y de vulneración de derechos. Un tema que resulta especialmente tabú en relación a las personas mayores y de dimensiones todavía hoy poco conocidas.

   Es un orgullo dar cabida en mi blog a la opinión de Jesús Generelo, presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales, buen amigo desde hace muchos años e incansable defensor de los derechos de las personas que presentan orientaciones o identidades sexuales diversas. 

   Gracias Jesús por tu lucha, por  tus reflexiones y por tu presencia en este blog enriqueciendo el enfoque gerontológico de la atención centrada en la persona, desde el cual no sólo se respeta y apoya la diversidad del ser humano sino que se considera un importante valor para la sociedad.




¿Dónde están los mayores LGTB?

Jesús Generelo. Presidente de la FELGTB, Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales




   Alto y claro: no sabemos apenas nada de mayores lesbianas, gais, transexuales o bisexuales. Pero existen. No hay ningún gen extraño en las personas LGTB que nos disuelva en el éter a una determinada edad. Sin embargo, la visibilidad de estas personas es extremadamente reducida. Y, por consiguiente, el conocimiento sobre su problemática y necesidades específicas.

   La generación de mayores LGTB actual proviene de un pasado de represión legal, estigma social y amario como norma y protección. La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social  los encarceló hasta 1979; el número de mujeres lesbianas que pasaron por psiquiátricos y terapias aversivas está todavía por determinar. Lo que fue conocido como el exilio gay alejó a muchas de estas personas de unas familias que no comprendían ni aceptaban su realidad. ¿Nos extraña que tantas y tantos mayores LGTB se encuentren ahora solos y desprotegidos?

  
   
   De la situación en las residencias y los centros para mayores el desconocimiento es todavía mayor. Una pequeña investigación pionera nos alerta sobre lo que puede estar sucediendo. En “As long as they keep away from me: Attitudes toward non-heterosexual sexual orientation among residentes living in spanish residential aged care facilities” (Villar, Serrat, Fabà, y Celdrán, 2013)  se encuentra una elevada prevalencia de las diferentes formas de la homofobia. Algunos datos nos invitan a reflexionar: el 68% de los participantes en este estudio expresaron algún tipo de reacción negativa frente a la idea de relaciones homosexuales entre residentes; un 30% se alejarían de compañeros LGTB; solo un 19% estarían dispuestos a compartir habitación con ellos. En las entrevistas aparece el miedo al asalto sexual, al abuso, el desconocimiento es muy grande.
  
   Debemos tener en cuenta que este estudio fue realizado en Barcelona, un ciudad con una gran visibilidad de la diversidad sexual y de género. ¿Qué está sucediendo en el resto de las residencias españolas? Ni tenemos pruebas de que se estén respetando los derechos de este sector de la población ni tan siquiera de que se estén reclamando.

   La Fundación 26 de Diciembre, dedicada a defender el bienestar y los derechos de los mayores LGTB está promoviendo una residencia para estas personas. No exclusiva, pero sí abiertamente inclusiva. ¿Es la solución el aislamiento por orientación sexual o identidad de género? Indudablemente no. Pero, ¿podemos criticar que haya quien, ante la situación presente, busque salidas para una necesidad acuciante? Salida que no es incompatible con el necesario trabajo de reivindicación, visibilización, investigación y demandas políticas que se realiza de un modo paralelo, tanto desde la F26D como desde la FELGTB.

      Muchas preguntas, pocas respuestas. Ya no podemos seguir sin tener contestación a todas estas preocupantes cuestiones. Desde luego, una ley por la Igualdad LGTBI sentaría las bases para que las administraciones tomaran cartas en el asunto. La necesitamos ¡Ya! Porque queda un armario muy grande por derribar y tiene las puertas muy cerradas.




  Dos, recomendadas





Guía: La sexualidad no tiene fecha de caducidad






80 egunean (En 80 días), película dirigida por los directores José María Goenaga y Jon Garaño