23 de octubre de 2016

El mundo de los valores y la atención centrada en la persona. Por Beatriz Díaz





PRESENTACIÓN

   La atención centrada en la persona busca mejorar la calidad de la atención a las personas que precisan cuidados y apoyos para gestionar sus vidas desde una aproximación ética y humanística.

   En esta entrada Beatriz Díaz, trabajadora social, máster en bioética y presidenta del Comité de Ética en Intervención Social del Principado de Asturias, nos ofrece sus reflexiones sobre por qué la ética avala los modelos de atención centrada en la persona como propuestas de buena praxis en la intervención social profesional y la importancia de los valores en todo ello.

   Muchísimas gracias Beatriz por tu presencia en este blog y por compartir tus conocimientos y consideraciones. Es un placer tenerte en este espacio.




El mundo de los  valores y la  atención centrada en la persona

Por Beatriz Díaz, presidenta del Comité de Ética en Intervención Social del Principado de Asturias





Valorar, algo inherente al ser humano   
   
Valorar es un fenómeno primario y universal que compartimos, como característica, la especie humana. Valorar las cosas que hay o suceden a nuestro alrededor no es algo optativo, sino una tendencia o necesidad biológica. De hecho, cuando las personas tenemos que decidir alguna cuestión, primero se produce una valoración o apreciación global inmediata de la situación y es, luego, cuando tomamos la opción de actuar de una manera u otra.

 
    En la valoración o apreciación de nuestro entorno, proceso esencialmente individual, los valores se trasladan o convierten en hechos.  Desde la ética se suele decir  que los valores tienen su soporte en los hechos. Por ello, actuar tiene un componente esencialmente  subjetivo, ya que conduce a producir hechos que, en realidad, son opciones de valor.

   Por otra parte, todo valor, una vez que se realiza en un hecho queda plasmado en el mismo y se independiza de su agente, tomando, en cierto sentido, vida propia. De este modo los valores, al concretarse en hechos, se objetivan. A todo esto hay que añadir que vivimos en sociedad, lo que implica que los valores surgen en contextos de relación e intercambio, de modo que los valores de una cultura (de una organización, de un sistema o incluso de la humanidad)  se construyen desde marcos sociales de inter-subjetividad.

   Además, no podemos ignorar que los valores se construyen pero también se destruyen. De hecho la historia de las sociedades es una historia de construcción o de-construcción de valores, por ejemplo, el valor salud no tenía la misma consideración en nuestro entorno hace 40 años que en la actualidad.


Los modelos de intervención social y la normativa

   Si todo este razonamiento lo trasladamos a la necesidad de definir modelos de intervención en el ámbito de los servicios sociales, cabe destacar dos aspectos fundamentales.  En primer lugar, que los valores y el orden de los mismos son los que deberían proporcionar los criterios que  orienten las líneas de acción, tanto en la planificación de los recursos como en la implementación de los diversos programas y proyectos. Y en segundo lugar, que la exploración de los valores  debe ser el punto de partida en los planes individuales de atención.

   Existe un riesgo importante: considerar  o argumentar que los modelos de intervención quedan suficientemente definidos en las normas que rigen el  sistema público de servicios sociales en sus  diversas formas (leyes, decretos, resoluciones….). Esto no es otra cosa que confundir “bueno” con “lo bueno”, lo que en el contexto que nos ocupa sería, por ejemplo, considerar que la ética ya está incluida en el campo del derecho.


 Las normas regulan la forma de acceder a los recursos y las prestaciones, priorizan unas circunstancias sobre otras, establecen condiciones o criterios, sistematizan una manera de organización social, pero todo ello no asegura que se haya legislado lo mejor moralmente. Hay hechos que pueden ser legales al amparo de una determinada normativa. Sirva el ejemplo  de la desatención sanitaria a personas inmigrantes, algo que aunque tenga amparo legal jamás podría ser considerado correcto desde la perspectiva de la ética, al ser las personas, todas ellas, un valor absoluto, y considerar, por tanto, que desatender a un ser humano es una actuación absolutamente  reprobable.

   Otro aspecto a tener en cuenta son aquellas normativas que no nacen de una conceptualización clara de los recursos (centros, servicios, prestaciones, intervenciones…) que son responsabilidad de la administración pública. En ocasiones las normativas se centran en el procedimiento, en solicitar documentos y condiciones sin partir de unos valores ni haber definido con claridad un modelo de atención/intervención coherente a éstos. Estas normativas suelen  conducir a  una amalgama de criterios, procedimientos y exigencias que, aun ofreciendo un marco legal por el que regirse, no aseguran que su aplicación sea correcta ni desde el punto de vista técnico ni desde el ético, y lo que es más grave, en algunos casos no garantizan la justa distribución de los  recursos, que como a nadie se nos escapa, no son ilimitados.


La atención centrada en la persona, una propuesta para apoyar una “vida buena”

   La  ética es fundamentalmente una propuesta de “vida buena” y ésta la define cada persona a través de sus procesos valorativos y  de sus preferencias. Para que ese concepto de “vida buena” se complete se necesitan sistemas de protección que se cimienten sobre unos valores que nos proporcionen seguridad, protección y oportunidades para desarrollarnos.

   La Intervención Social ha de estar sustentada en la definición de unos valores, posteriormente debe verse concretada en  modelos teóricos coherentes a éstos de modo que permitan su desarrollo riguroso (fundamentados en el conocimiento), y  finalmente, proceder a elaborar o adaptar el marco normativo.  

   Si la secuencia no se produce así se corre el riesgo de que el lugar destinado al logro del fin (una “vida buena” para las personas) lo ocupen otras circunstancias que son meros medios (normas legales, criterios organizativos o laborales). Si lo importante es solo cumplir con los requisitos que marca la norma de una manera formal (documentos, gestión de las listas de espera…), la correcta atención a las personas puede verse en peligro. Una  correcta atención que, como seres humanos dotados de dignidad y no precio,  siempre tienen que ser el fin de la intervención social.


    La atención centrada en la persona reconoce la  singularidad de cada ser humano y aplica lo que el profesor Ramón Bayés denomina “método poético”. En este marco, se propone partir de la biografía de cada persona para desde ella proponer un plan personalizado de atención teniendo en cuenta sus prioridades vitales, sus capacidades, sus necesidades, sus preferencias y sus deseos. Una propuesta de apoyo para mejorar su vida actual y apoyar que, en la medida de la posible, la persona siga o recupere el control de la misma. Solo así es posible dar visibilidad a su dignidad y protegerla.

   La atención centrada en la persona desestima ámbitos de intervención que en vez de a la persona ponen en el centro cuestiones organizativas rígidas, criterios de eficacia económica o de tiempo, desestimando con gran frecuencia muchas cuestiones que afectan a la calidad de vida de las personas usuarias. Propone una organización flexible capaz de compaginar criterios organizativos y personas, donde éstas siempre son el centro en la toma de decisiones.

   Los modelos de atención centrada en la persona se sostienen sobre unos valores habitualmente compartidos y elogiado en nuestra cultura, al menos desde el punto de vista discursivo: el respeto por la dignidad humana y la búsqueda de la mayor calidad de vida posible (lo que incluye el bienestar subjetivo sin desatender el objetivo). La elaboración de planes de atención y vida parte inexcusablemente  de la exploración de valores desde donde acordar con cada persona apoyos significativos y aceptados, contribuyendo así, además, a configurar unos recursos más útiles y más justos.

   El enfoque de los valores y de la ética en los modelos de intervención social es un enfoque humanista de la atención. En Servicios Sociales nos ocupamos de las personas y de sus vidas, por ello, lo humanamente válido es fundamental para lograr una buena práctica profesional. Sin duda, éste es el camino correcto.